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martes, 4 de agosto de 2026

29 de abril 2016


Ellos quieren ser constituyentes independientes en la CDMX

Entre los 74 ciudadanos que solicitaron registro al INE están Fernández Noroña y ‘Superbarrio; los avalados tendrán menos de un mes para reunir 73,792 firmas.
jue 03 marzo 2016 02:55 PM

INE sin partido Fernández Noroña, Pascoe y González Placencia están entre los aspirantes independientes. ✓ (Foto: Especial/Cuartoscuro)


Comenzaba el año 2016 y yo seguía con mi apoyo al movimiento de Ayotzinapa. Recibía muchas amenazas, a pesar de que nunca cobré por mi respaldo al movimiento. Me encontraba ya en una situación económica precaria.

Se acercaba el Constituyente de la Ciudad de México. Como había apoyado desde el lado independiente esa propuesta, consideré que sería correcto participar para ser constituyente de la CDMX. Decidí entonces registrarme como aspirante.

Cabe mencionar que Gerardo Fernández Noroña me criticaba por luchar tanto por las candidaturas independientes. Sin embargo, ese mismo año Gerardo decidió participar también desde el lado independiente para ser constituyente de la CDMX.

https://expansion.mx/economia/2016/03/03/ellos-quieren-ser-constituyentes-independientes-en-la-cdmx

Coincidimos en un obstáculo: sabíamos que obligar a constituir una sociedad civil para poder participar rompía todo lo teórico de la “candidatura independiente”. Ambos, sin ponernos de acuerdo, decidimos participar sin cumplir con ese requisito.

Fue entonces cuando me enfrenté a otra situación. Debía poner mi dirección para recibir notificaciones del INE. Lo pensé mucho, porque por mi lucha social cuidaba mucho mi localización debido a las amenazas que recibía, principalmente por ser parte del movimiento de Ayotzinapa. Al final decidí asumir el riesgo y puse mi dirección.

Llegó el mes de abril. El INE rechazó mi aspiración, pero presenté un recurso de revisión ante el mismo Instituto. Nunca me respondieron.

Debido a lo precario de mi situación económica, conocí a una persona de nombre Leonel, un comprador de cosas usadas que se instalaba en el Parque de la Bola, en San José Insurgentes. A él le vendía objetos personales para subsistir. (Por mi apoyo a Ayotzinapa nadie me contrataba: iniciaba procesos de selección en empresas, pasaba los exámenes, pero al momento de firmar algo ocurría y no me contrataban.)

Le comenté a Leonel:

—Híjole, ahora sí no encuentro salida.

Él me contestó:

—Pablo, aquí viene un señor a venderme cosas. Se ve que tiene una buena posición. Me dijo que estaba buscando a alguien que lo ayudara porque tenía problemas de alcoholismo y su esposa y su familia (su hijo) lo dejaban fuera de la casa y no lo dejaban pasar.

Le respondí:

—¿Cómo?

En ese momento Leonel dijo:

—Mira qué casualidad, ahí viene.

Se acercó un señor de buena pinta. Leonel me lo presentó:

—Pablo, te presento a Jorge. Jorge, Pablo.

—Mucho gusto.

Empecé a conversar con él. Lo vi muy educado. De pronto me dijo:

—Te me haces conocido. ¿En dónde estudiaste?

—En el Colegio Williams, en la Ibero, en la UVM y en varias escuelas más.

—Oye, yo estudié en el Colegio Williams —me contestó.

Se me hizo extraño. Le pregunté si recordaba el himno de la escuela. Se puso a entonarlo. Con eso verifiqué que sí había estudiado allí. Me preguntó por mi familia. Le hablé de mi padre, Alejandro Ortiz Cárdenas.

—¿En serio? ¿El de seguros?

Me volvió a sorprender:

—Yo conocí a tu padre. Estuve en Aseguradora Hidalgo.

Nos familiarizamos mucho.

Yo tenía un compromiso con la madre de mi hijo para ir a comer. En eso Jorge me dijo:

—Vámonos a comer para platicarte mi asunto.

—Híjole, tengo un compromiso. Pero vamos a hacer una cosa: la madre de mi hijo trabaja por aquí. Déjame avisarle y, si me esperas media hora, nos vamos a comer.

—Muy bien, aquí te espero.

Fui con la madre de mi hijo y le expliqué que me habían presentado a este señor, que necesitaba una asesoría y que me había invitado a comer. Regresé. Jorge estaba hablando por su celular. De reojo me vio y alcancé a escuchar:

—Ya ahí viene.

Luego me dijo:

—Vámonos, Pablo. Te invito a comer al Suntory. Vámonos en el Metrobús; nos queda muy cerca.

Llegamos al Suntory de Nápoles. Lo recibieron como a alguien muy importante. Todos los meseros y la hostess le decían:

—Señor, qué gusto verlo por aquí. Qué milagro, señor.

Yo solo estaba sorprendido. Él dijo:

—Mira, vengo con mi amigo. Dame mi mesa de siempre, por favor, y que no entre nadie.

Nos dieron la zona del piano. Le dijo al mesero:

—Mira, va a venir el senador Javier Lozano. Le dices que estamos aquí.

Después me preguntó:

—¿Qué quieres tomar?

Yo me cuidaba mucho: no bebía alcohol con desconocidos. Pedí un café. Empezamos a conversar. Me dijo:

—Estaba hablando con el senador Javier Lozano y le dije que nos alcanzara.

De pronto se soltó:

—Mira, Pablo, sé quién eres y voy a ir directo al punto. ¿Quieres trabajar? Solo te pido una cosa: deja eso de tus estudiantes (Ayotzinapa). ¿Quieres saber qué pasó con ellos? Te lo voy a decir: los tiraron al mar. Esto te lo digo porque a mí me lo dijo el secretario de la Defensa personalmente. Estás en el lado incorrecto. Yo te ofrezco meterte al gobierno federal. En unos días me van a nombrar secretario de Educación. Vente conmigo. Ya estoy cansado de todo esto, Pablo; por eso te estoy invitando. ¿Sabes por qué tomo tanto? Por tanta porquería que he visto. Ya no puedo con todo esto.

Me empezó a contar muchas cosas. Llegó un momento en el que pensé: “¿Con quién estoy?”. Me hacía preguntas tipo prueba. Eran como las tres o cuatro de la tarde. Yo me había quedado sin pila en el celular y le pedí a una mesera que me lo pusiera a cargar. Se lo llevó.

El señor Jorge seguía pidiendo bebida alcohólica. Yo, después del café, pedí un refresco. Llegaron a preguntar qué íbamos a comer. Como casi no como pescado ni mariscos, pedí un tipo de sopa con pollo.

Después de comer, Jorge pidió que lo dejaran pasar al piano. Me preguntó:

—¿Cuál quieres?

Le pedí “Piano Man”. Comenzó a tocar de una forma increíble. Pusieron una cadena en esa área; solo estábamos él y yo. Tocó unas cuatro canciones más y me dijo:

—Permíteme tantito.

Se acomodó en un sillón y se quedó dormido.

Pasaron dos personas con un bebé y se sentaron en una mesa. El señor salió al patio a fumar un cigarro. La señora me dijo:

—Ay, su papá se quedó dormido.

—No es mi papá —le contesté.

Me salí a fumar un cigarro al jardín. Me preguntaba: “¿Qué es todo esto?”. Regresé y ya no estaba la pareja. En eso Jorge abrió los ojos y me preguntó:

—¿Qué pensaste?

—Mira, Jorge, te lo agradezco mucho, pero eso no es lo mío. Leonel me dijo que necesitabas apoyo en un asunto familiar y la verdad no me esperaba esto.

Se molestó y me dijo:

—Ok, vete. Nada más te pido que vayas con el mesero y le pidas que me traiga otro trago.

El trato había sido de primera hasta ese momento. Me acerqué al mesero y le dije:

—Señor, ya me voy a retirar, pero el señor Jorge me pidió que le lleve otro trago.

Entonces cambiaron las cosas:

—¿Y quién va a pagar?

—El señor Jorge me invitó.

El capitán fue conmigo hasta donde estaba Jorge y le dijo:

—Señor, ya no le puedo servir. Por favor pague la cuenta.

Jorge contestó:

—¿Sabes quién soy? Tráeme mi trago y ahorita pago.

Luego me dijo a mí:

—Tú vete.

El capitán insistió. Jorge repitió:

—Ponlo en mi cuenta.

—No puedo, don Jorge. Tiene que pagar.

Le pregunté a Jorge:

—¿Traes dinero?

—No, porque aquí tengo cuenta.

Le dije al mesero:

—Mire, no sé si este señor trae dinero. Yo no quiero problemas. Mi celular es nuevo y le dejo mi INE. Si este señor no paga, mañana vengo a pagar.

El capitán contestó:

—Muy bien, señor.

Jorge me preguntó:

—¿Vas a hacer eso por mí?

—No, Jorge. No por ti. Yo no quiero problemas.

En eso sacó su celular y dijo en voz alta:

—Hija, mira, estoy en el Suntory. No traigo dinero. Por favor vente para acá a pagar la cuenta.

Después me dijo:

—Espera tantito. Nadie había hecho eso por mí y no voy a dejar que dejes tus cosas. Ya viene mi hija.

Pasaron como treinta minutos y sonó su teléfono.

—Ok, hija, entonces nos vemos aquí a la vuelta, en La Mansión.

Me dijo:

—Va a llegar mi hija aquí a la vuelta. Ahorita venimos por tus cosas.

Le dijo al capitán:

—Ya viene mi hija, pero la vamos a ver en La Mansión. Ahorita regresamos. Te encargo sus cosas.

—Muy bien, señor. Aquí los esperamos.

(La cuenta era como de cinco mil pesos.)

Nos fuimos caminando a la vuelta y llegamos a La Mansión. Igual lo recibieron:

—Señor, qué milagro. Qué gusto verlo. ¿La mesa de siempre?

Él contestó:

—¿Sabes qué me hicieron en el Suntory? Que no podía poner en mi cuenta.

—No, señor. Ya sabe que usted aquí siempre es bienvenido. Se hubieran venido aquí.

Nos dieron una mesa en la terraza. Él agregó:

—Va a venir mi hija. La pasas aquí, por favor.

Pidió una bebida. Yo ya no pedí nada. Pensé: “¿Este señor qué?”.

Pasaron alrededor de veinte minutos. A lo lejos vi a tres mujeres acercándose a la entrada de La Mansión. Recuerdo mucho la imagen porque se me figuraron como los Ángeles de Charlie, por su forma de caminar y el cabello al viento. Les dijeron algo en la entrada. Todo el mundo las miraba. Se acercaron y dijeron:

—Hola, Jorge.

Eran mujeres guapísimas. Jorge me presentó:

—No es mi hija. Es mi novia y le pedí que viniera con unas amigas para que te las presente.

—Hola, mucho gusto.

Se sentaron. Una de ellas era argentina. Las otras dos eran hermanas (según dijeron). Mujeres muy preparadas, con muy buena conversación. Jorge les contó lo del Suntory. Su supuesta novia le preguntó:

—¿Y qué estamos festejando, Jorge?

—Que Pablo va a ocupar mi lugar.

Me quedé con los ojos abiertos. Pensé para mis adentros: “Este señor está loco”.

Las mujeres pidieron de cenar y unos tragos. Fui al baño. Jorge también fue y me dijo:

—No te preocupes, ya traen mi dinero.

—Ya me voy, Jorge. Si pagas en el Suntory, mañana paso por mis cosas.

Me senté de nuevo en la mesa. La argentina dijo:

—Oye, pues vamos a celebrar. ¿Qué tomas?

—No tomo, gracias.

En eso me habló la hermana de la supuesta novia de Jorge. Cuando volteé de nuevo hacia la argentina, ya tenía un vaso en la mano.

—Toma.

—Es que no tomo.

—¿Me vas a dejar así?

Tres veces me lo dijo. Era una mujer muy guapa. Cometí el error de aceptar al final (que pase lo que tenga que pasar) y me tomé la bebida.

Pasó media hora. Las mujeres se pararon de la mesa. Jorge me dijo:

—Deja veo qué pasa.

Dejó su celular en la mesa. Yo empezaba a sentirme muy raro: sentía que el corazón me latía fuerte. Los veía a la distancia desde la terraza; se habían salido a la calle. De pronto vi que la supuesta novia le daba una cachetada a Jorge. Me paré para salir. El mesero me preguntó:

—¿A dónde va, señor?

—A ver qué está pasando ahí. Ahí está el celular del señor Jorge. Déjeme ver qué ocurre.

Llegué ya mareado y le pregunté:

—¿Qué pasa, Jorge?

—Nada, nada.

La supuesta novia le dijo:

—¿Cómo que nada? ¿Quién nos va a pagar?

—¿Pagar qué?

—Ay, niño, no te hagas. Cada una de nosotras salimos en cinco mil pesos.

Me sentí muy mareado. Me recargué en un coche que estaba estacionado y me tapé los ojos con las manos por el vértigo. Escuché un coche y el azote de una puerta. Abrí los ojos. Jorge dijo:

—Vámonos.

—¿Y quién va a pagar?

—Vámonos. ¿Traes mi celular?

—No, Jorge. Lo dejé en la mesa.

—No puede ser. Mira, toma mi INE y diles que te regresen mi celular. Diles que luego regresamos.

El de la entrada tomó su INE y dijo:

—Cuando pague, que venga por sus cosas.

Se quedaron su celular y su INE.

Yo ya andaba como si me hubiera tomado una botella, aunque solo había bebido ese trago que me dio la argentina.

Estábamos en la esquina cuando un tipo golpeó a una mujer. Jorge me dijo:

—No les vas a decir nada.

Me acerqué y le dije al hombre:

—Oye, ¿qué te pasa?

—¿De qué? Si es mi esposa.

Recuerdo que me dio un golpe y me tiró, pero no me dolió. Me levanté y fui con el de la entrada de La Mansión:

—Por favor llame a la policía. Díganles que Pablo Ortiz Padilla, activista social (me conoce Mancera), necesita apoyo en La Mansión.

Como a los diez minutos llegaron patrullas por todos lados. Ahí seguía el señor que había golpeado a su supuesta esposa. Lo señalé a los policías.

El policía me dijo:

—Es su esposo.

—Usted los tiene que poner a disposición. ¿Está seguro de que es su esposo?

Al final los dejaron ir. Jorge me dijo:

—Vámonos, Pablo.

Recuerdo cómo llegaron muchas patrullas. La gente del Metrobús estaba tomando fotos; se veían muchos flashes. Yo ya me sentía muy raro, fuera de mí.

Jorge insistió:

—Vamos a mi casa. Te voy a dar el dinero para que mañana vayas por tus cosas.

Yo iba como zombie. Resultó que Jorge vivía en la colonia Florida. Yo conozco muy bien esa zona porque crecí en la colonia Los Alpes (antes Lomas de Tlacopac). Me contó muchas cosas en el trayecto; cosas raras, o al menos eso es lo que recuerdo.

Íbamos por una calle y me preguntó:

—¿Cuál crees que es mi casa?

—Ni idea.

—Aquí es.

Era una casa grande. Recuerdo que había una campana de timbre. Salió una señora y le dijo:

—Mira nada más. Ya te dije que así no entras.

Jorge me decía:

—Bríncate y me abres.

Pero en mi estado de zombie y con todo lo que había pasado, le respondí:

—No.

Pasó un policía en bicicleta. Le conté lo que ocurría y me dijo:

—Vayan al DIF mañana.

Jorge se acostó afuera de la reja. Me quedé viéndolo. Había una fiesta en la esquina. Se acercaron unos jóvenes, vieron a Jorge y me preguntaron si necesitaba ayuda. Les expliqué. No recuerdo la hora, pero me quedé toda la noche hasta el día siguiente.

Ya había amanecido. Yo me quedé despierto, pero me sentía muy mal; veía nublado (es lo que recuerdo). Me fumé un cigarro. Fui hacia una esquina y cuando regresé escuché que cerraban la reja de la casa.

—¿Jorge?

—Ahorita salgo, Pablo. Ya me abrió mi mujer. Déjame darme un baño.

Unos veinte minutos después salió Jorge, bañado y cambiado. Yo me sentía muy mal y estaba muy molesto.

—Ya me voy. Estás enfermo.

Él me contestó:

—No te puedo detener, Pablo. Si aceptas la oferta que te di, ve a esta dirección.

Me dio una dirección cerca de su casa.

Mi exesposa vivía cerca de ahí. Me fui caminando. Pasé por una taquería de avenida Revolución a la que en ocasiones iba. Estaba el dueño:

—¿Pablo, estás bien?

—Me siento muy mal, pero voy a ver a mi exesposa.

Llegué a la casa de mi exesposa. Le conté lo sucedido y empecé a decir incoherencias. Le dije que ese señor me había ofrecido trabajo. Me preguntó por mi teléfono y le conté. Entonces me entró la idea de irlo a buscar para decirle que pagara y me devolvieran mis cosas del Suntory. La madre de mi hijo me dijo:

—Te hubiera detenido. Te veías muy mal… ido.

Aun así me fui. Iba pasando de nuevo por el Parque de la Bola. Me sentía muy mal. Me senté en una de las bancas y me quedé dormido. Fue algo muy curioso: recuerdo que era como si caminara con los ojos cerrados, como si hubiera entrado a la iglesia (la conocía muy bien porque mi madre había sido ministra de eucaristía allí y les llevaba la comunión a los enfermos del ISSSTE de Barranca del Muerto).

Algo muy extraño, porque escuchaba coches que frenaban y gritaban “¡Estás loco!”, pero según yo iba con los ojos cerrados hasta que choqué con una parada de camión. Entonces como que volví y dije: “¿Qué está pasando?”. Con los ojos abiertos veía nublado. No recuerdo la hora, pero ya iba a oscurecer. Pensé: “Voy a casa de Jorge. Me tiene que regresar mis cosas”.

Llegué afuera de su casa. Toqué la campana y nadie abrió. En eso llegó un Mercedes; se abrió el portón del estacionamiento. Iba una persona más o menos joven (creo que su hijo). Toqué de nuevo la campana y salió su esposa:

—¿Qué quiere?

Le conté rápidamente lo del Suntory. Me dijo:

—Mire, mi esposo tiene una enfermedad. No está. Lamento lo que le hizo.

Ya era de noche. Estaba afuera de su casa cuando recordé la otra dirección que me había dado. Me sentía como si estuviera borrachísimo. Había una ambulancia y le pregunté por la calle:

—Aquí en la esquina, señor. A la derecha.

Llegué a ese domicilio.

Me acusaron de encubrimiento por receptación de robo de coche, un BMW

Lo anterior lo cuento para quienes se dediquem a la "Lucha Social" "Activismo Social" tengan mucho cuidado con las personas que se les acercan.

En la investigación resultó que Jorge, su nombre completo es Jorge Lara Guerrero, egresado de la Libre de Derecho, Expresidente del Comisión Nacional de Telecomunicaciones. Es curioso, yo estuve en el senado justo cuando Javier Lozano Alarcón presentó un proyecyo de reforma sobre "Telecomunicaciones" Lo hizo en un papelito y al final no pasó su proyecto. Jorge Lara Guerrero fue discipulo de Javier Lozano Alarcón. Quiza una rara casualidad. 

https://es.wikipedia.org/wiki/Comisi%C3%B3n_Federal_de_Telecomunicaciones

Además lo comparto esperando nadie pase por una situación así, en mi caso sólo.


En una próxima publicación les voy a compartir parte dle proceso juridíco y a lo que se enfrenta uno en estas situaciones. 

Pablo Ortiz Padilla

Activista Social