LA UNIÓN DE DOS MUNDOS
Una vida es un mensaje
Testimonio de consciencia, calle y constancia
Pablo Eduardo
Ortiz Padilla
Edición libre · Ciudad de México · 2026
Esta
edición se ofrece sin peaje.
Quien
quiera desmentir, que vaya a las fuentes.
DEDICATORIA
Y,
con el alma en la mano, a mi hijo.
Hijo mío: este libro no es
un manual de instrucciones para aprender a encajar en el éxito que este mundo
aplaude. Es el mapa de cómo no perder el alma en el intento. Te dedico estas
páginas de manera única y especial porque cuando la columna se me partió en la
juventud, cuando me borraron las materias de la universidad por no corromperme,
y cuando vi a los partidos traicionar las causas más nobles de la gente, hubo
soledades en las que me pregunté si sostener la palabra servía de algo mientras
los demás cobraban el precio de su silencio. Tú eres la respuesta a esa
pregunta.
Nacer
y crecer en un hogar donde el peaje del sistema no se paga tiene un costo, y sé
que lo has visto. Quiero que leas esto y entiendas que cada portazo, cada túnel
y cada luz sobre el Ajusco cobraron sentido el día que te miré a los ojos. No
te heredo siglas, ni un apellido manchado por favores, ni una comodidad
comprada con silencio. Te dejo una conciencia intacta y libre: la prueba de que
se puede vivir erguido en un mundo que prefiere verte de rodillas.
Cuando
el entorno te empuje a simular, abre este libro. Aquí está todo lo que soy.
Para ti, siempre.
A
mis padres, Alejandro Ortiz Cárdenas y Sara Padilla Ayuso, que ya no están en
este plano denso. De ustedes heredé el nombre y esa mezcla de firmeza de roca y
ternura de agua con la que se camina un país que se niega a abrir los ojos.
A
mis hermanos Verónica, Alejandra y Raymundo: la primera casa, la primera
lealtad, el primer espejo. La familia no es un partido ni una cuota. Es el
refugio al que se vuelve cuando el sistema ya no sabe qué hacer con un
ciudadano despierto.
A
Carolina Padilla de la Paz —Tía Caro—, media hermana de mi madre, esposa de
Víctor Trujillo y creadora de Brozo. Por las pláticas de los cambios. Hay
deudas que no se pagan con una ficha de espectáculos.
A
mis tías Lupita y Piacho, hermanas de mi padre: la mesa de las dos de la tarde,
el ancla cuando el otro mundo me levantó el piso.
A
todos mis familiares: los que aparecen en una foto y los que solo aparecen
cuando uno se sienta a recordar. Que cada uno oiga estas líneas como si
estuvieran escritas en su nombre.
A
Ivette, por el hilo que no se corta. El 15 de marzo de 2004, en Palmira,
Cuernavaca, el duelo no tuvo veto sobre la vida.
A
los amigos de verdad. A Francisco, el de Campeche, que vio el encendedor antes
que yo. A quienes contestaron el teléfono a deshoras. Sin ustedes esto sería un
expediente.
QUIÉN ESCRIBE ESTAS PÁGINAS
El mapa de la sangre
Me llamo Pablo Eduardo Ortiz
Padilla. Nací el 28 de octubre en la Ciudad de México. Soy el menor de la casa
que formaron Alejandro Ortiz Cárdenas —socio fundador de Brockman and Schuh— y
Sara Padilla Ayuso. Ambos ya no están en este plano denso, pero su vibración no
se ha ido. Hay días en que oigo a mi padre decir las cosas corto, firme, sin
adorno. Hay días en que oigo a mi madre advertir lo que el país hace con los
que se meten donde no los llaman.
Por
la línea de mi padre vienen Jesús Ortiz Tenorio, a quien no conocí, y
Concepción Cárdenas Casas. El abuelo que sí tuve cerca fue Francisco Gómez
Serrano, hermano de un general de la Revolución, que entró a la familia por el
segundo matrimonio de mi abuela. Más adelante me aclararon quién había sido el
abuelo de sangre. Esa aclaración no es detalle de novela. Es la primera
lección: las historias oficiales de una casa también tienen sótano.
Por
la de mi madre vienen Muriel Ayuso Pinkus y Luis Padilla Villarreal —cada uno
con un segundo matrimonio, ella con Moisés M. Delgado, él con María de la Paz—
y más atrás Hircano Ayuso, O’Horibe y Sara Pinkus Villarreal. No son adornos de
árbol. Uno no nace en el vacío. Nace en una historia que ya venía peleando.
Mi
madre lo sabía. Cuando me metí a la política me decía: «Te van a matar, Pablo,
entiende». Hablaba desde la memoria de Hircano. Yo la oía. Y seguí. No por
heroicidad. Por una imposibilidad íntima: no supe nunca acomodarme al peaje.
Durante
años la gente ha querido reducirme a una ficha: el de Colosio, el de las
independientes, el de Noroña, el de la Marea, el de los 43. Las fichas sirven al sistema. Éramos 22
aspirantes independientes a la Presidencia en 2024, no treinta y tres. El error
no es menor: es la forma en que el recuento oficial achica lo que no le
conviene contar.
He
sido representante estudiantil, orador, jefe de manzana, asesor legal y
representante legal de empresas, aspirante independiente, jefe de oficina de un
diputado, coadministrador de un movimiento ciudadano. Nada de eso me define
tanto como esto: soy un activista social apartidista que se negó a que le
condicionaran el derecho a ser votado, a hablar y a organizarse.
Lo
que aquí se cuenta tiene respaldo. X —@ortizpadilla y @ActivismoSocial, donde
vive parte de #Mov132 #YaMeCansé #Ayotzinapa#CandidaturasIndependientes#Unidos#NoSeMataLaVerdad#NoMásPoderAlPoder#GeneraciónZ#TuConstituyente—,
Blogger (ortizpadilla.blogspot.com), TikTok, Instagram, Flickr, Tumblr, YouTube
y la prensa. Fotos. Videos. Pliegos. Spaces. El 7 de noviembre de 2023 escrito
el mismo día del forcejeo. El debate con Gilberto Lozano. La historia de Manuel
Agüilera, en mi TL. Este libro no sustituye la prueba: la señala.
La
Unión de Dos Mundos es el choque entre el mundo que te asignan y el mundo que
eliges cuando te sacan del primero. Lo escribo en primera persona porque no hay
otra forma honesta. Lo ofrezco gratis porque el título que la burocracia me
robó ya no se lo cobro a nadie.
Si
llegaste buscando un manual de poder, cierra el libro. Si llegaste buscando
cómo se sostiene una vida cuando el sistema te empuja al margen, sigue. Lo que
viene es verdad vivida. No está maquillada. Tampoco agrandada. Es lo que fue,
contado como historia porque la vida, cuando se mira de frente, ya es una
novela.
Ciudad
de México, 2026.
PRÓLOGO
El silbato y la fractura · 1986
Este libro no empieza en un
mitin. No empieza en una urna. Empieza en un entrenamiento.
La
mañana era fría. El olor a pasto recién cortado inundaba el Centro de
Capacitación de la Federación Mexicana de Fútbol. Era 1986, el año en que el
país parecía detenerse para respirar el Mundial de los grandes. Yo tenía trece
años y habitaba un cuerpo que todavía creía que el destino se decide con la
pierna buena, el regate y la velocidad en la banda.
La
gestión del fútbol nacional estaba bajo Álvarez del Castillo. El objetivo de
todos los que dejábamos el sudor en esas canchas era uno: el Mundial Infantil.
En mi mente la línea estaba trazada con gis blanco: de esa cancha a las fuerzas
básicas del Club América. No era fantasía de domingo. Estaba inscrito.
Entrenaba. El sueño tenía textura: tacos en la tierra, el golpe del balón, la
ilusión de una camiseta que no se lava en casa.
México
86 no era solo un torneo. Era una puerta. Y yo, chico, creía que las puertas se
abren con disciplina.
Entonces
la realidad golpeó sin avisar. Fue en medio de la intensidad de un
entrenamiento. Una jugada sucia, artera, por la espalda. El impacto fue seco.
Un relámpago me partió la columna y me mandó al césped. Me quedé sin aire. La
cara pegada al pasto. El silbato seguía sonando a lo lejos, como si el mundo no
se hubiera enterado de que un cuerpo acababa de aprender su primer idioma de
dolor.
No
hubo tarjeta roja que yo recuerde como justicia. No se redactó un acta en las
oficinas de la federación. El entrenamiento continuó para los demás. Las risas
se fueron alejando mientras a mí me levantaban de la cal. Un muchacho se había
quebrado y el engranaje ni siquiera aflojó.
Ese
fue mi primer gran choque con el sistema: la máquina no se detiene por el dolor
de un individuo. Aquella espalda lastimada me enseñó, sin discurso, la
gramática de todas las batallas que vendrían. Hay golpes que no vienen del
rival. Vienen de cómo se permite jugar.
Años
más tarde me iban a pedir que pagara un viaje para no reprobar. Me iban a sacar
cinco veces el mismo día del Senado. Me iban a decir que para ejercer un
derecho humano primero tenía que fundar una asociación civil. Me iban a ofrecer
asilo y un avión. Siempre la misma jugada: el paso se cobra.
En
1986 todavía no tenía esas palabras. Solo una espalda lastimada y un silencio
nuevo. El primer mundo —estadios, aplausos, uniformes limpios— se cerró con un
portazo. El segundo mundo aún no tenía nombre. Este libro es el testimonio de
las cuatro décadas que me tomó nombrarlo.
PARTE
I
El
primer mundo
CAPÍTULO I
El Castillo, los túneles y el otro cielo · 1987-1992
Mi adolescencia encontró
refugio entre los muros de piedra del Colegio Williams, el Castillo. El cuerpo,
obligado a coexistir con una lesión que había truncado la carrera deportiva,
encontró válvula en las albercas y en los torneos escolares. La institución
lucía mis medallas en las vitrinas de Mixcoac y San Jerónimo. Yo era un alumno
útil para la numeralia. Mi mente operaba en otra frecuencia.
El
Williams no era un solo predio. Mixcoac. San Jerónimo, con alberca y billares.
El Ajusco, de actividades agropecuarias, tenis y fútbol. Un colegio así enseña
sin quererlo la geografía del privilegio y la geografía de lo prohibido.
Porque
el Castillo escondía un secreto en los cimientos, vedado al alumnado: una red
de túneles. Para un espíritu inquieto, la prohibición es una invitación. Todos
los miércoles, aprovechando la laxitud del horario de deportes, mis amigos y yo
nos escurríamos a la penumbra con linternas baratas a ver qué yacía debajo de
la superficie permitida.
Había
olor a humedad y a tierra antigua. Había ecos. Había la certeza adolescente de
que el mundo oficial es apenas el primer piso. La pagábamos caro. La frase que
musicalizó esos años la decía el prefecto como un himno: «Pablo, Ortiz Padilla,
a la Dirección!»
Sentado
en aquellas sillas de madera, esperando la sanción, descubrí algo que no se
enseña en civismo. En lugar de aprender a doblegarme para evitar el castigo,
aproveché las horas de encierro para descifrar el mapa de cómo operaban las
autoridades desde arriba. Quién habla. Quién calla. Quién firma. Quién mira a
otro lado. El inquieto no es un adorno de carácter. Es el germen de alguien que
después no cabe en un partido.
El
Castillo no solo tenía túneles. Tenía otro cielo. A los diez años, en el camino
al Ajusco, había un paraje que se llamaba Los Arenales. Los domingos iba con
amigos. Nos tirábamos de espaldas sobre la tierra fría. Había luces que no eran
estrellas. No eran aviones. Tenían movimiento. Trayectorias geométricas que no
cabían en la lengua de un niño. Les gritábamos: «¡Vengan! ¡Llévennos!». Y nos
reíamos.
No
las pongo aquí para ganar una discusión sobre ovnis. Las pongo porque el mismo
muchacho que exploraba lo prohibido abajo también aprendió a mirar lo que no
encajaba arriba. México también tiene dos pisos bajo tierra y otro sobre la
cabeza. Empecé a preferir lo que no se enseña a las visitas mucho antes de
saber que eso se llamaba activismo.
El
destino familiar se complicó por un conflicto administrativo absurdo. A mi
hermano le negaron la reinscripción. En un acto de rebeldía protectora,
escondió mis papeles para que yo no me quedara solo. La consecuencia fue el
traslado al Colegio Claparede, dirigido por el Profesor Chávez, hermano del
director del Williams. La nueva escuela quedaba a escasas calles. Seguí
colándome al Castillo por bardas y accesos laterales. Amé ese colegio.
Fue
en una de esas escapadas, entre 1988 y 1992 —Bartlett en la SEP—, cuando el
Williams recibió una visita que el archivo guardó como foto de dignatario. Hoy
cuelga en el Salón de Presidentes. Un hombre recorre pasillos solemnes. Para la
burocracia es protocolo. Para mí fue el primer avistamiento de Luis Donaldo
Colosio Murrieta.
Años
después, en un curso de oratoria del PRI, ese mismo hombre me iba a corregir la
voz con las manos. El maestro. El que asesinarían. El hilo que no suelta este
libro. El adolescente que se colaba por la barda solo sabía que había visto a
alguien que no parecía de cartón.
Fuera
del Castillo, la ciudad ofrecía otra escuela. Las noches del News Pedregal. El
Magic. Las fiestas del Pedregal con sonido Prince. El inquieto bailaba y al día
siguiente volvía a no caber. El cuerpo guardaba el primer golpe. La risa de Los
Arenales guardaba el primer misterio. Entre el golpe y el misterio se iba a
escribir el resto.
CAPÍTULO II
Cinco años para una prepa · Stanford
Mis estudios después fueron
un periplo nómada. Instituto Montelbán. Tepeyac del Valle. Instituto Juan
Escutia, donde terminé la preparatoria. No la hice en tres años. La hice en
cinco. Se me ajustaba. Recuperaba un año.
Hay
quien lee esa frase y oye atraso. Yo oigo ritmo. El calendario oficial es una
de las primeras jaulas elegantes: si no cabes en el ciclo, el problema eres tú.
El expediente anota rezago. Nadie pregunta si el muchacho de la espalda
lastimada y de los miércoles bajo tierra estaba aprendiendo a no entregarle al
reloj el gobierno de su vida. Yo cabía. Cabía distinto.
En
Juan Escutia se cerró una etapa de pupitre y se abrió otra que el expediente no
sabe archivar. Varias universidades se acercaron. Entre ellas Stanford. Me
eligieron. Me ofrecieron irme. Dije que no.
La
persona del otro lado se molestó: «Nadie le dice no a Stanford». Le respondí lo
único que me cabía en la boca: pues yo sí. Verónica ya vivía en Estados Unidos.
Tenía primos hermanos allá. La pregunta no era de prestigio. Era de destino:
qué iba a hacer yo allá.
Años
después, saliendo de un reclusorio, Jorge Castañeda me ofrecería sacarme del
país y ver asilo. Lo pensé. Me quedé. El no de la prepa y el no de la prisión
son el mismo hombre: el que no convierte la salida en biografía.
Ese
desfase se va a repetir. En la universidad, cuando el título no llega aunque el
diploma sí. En los partidos, cuando la sesión se hace sin avisarte. En las
firmas, cuando la aplicación del INE no registra lo que tus pies caminaron.
Siempre el mismo recado: o entras en nuestro tiempo o no existes. Y la misma
respuesta: existo igual.
La
prepa de cinco años no es un dato menor. Es el primer ensayo de una vida que va
a durar más de lo que el sistema presupuestó. Los que ganan en el tiempo
oficial suelen perder en el tiempo real. Empecé a apostar al segundo sin saber
que esa apuesta se llamaría consciencia.
CAPÍTULO III
La voz, el maestro y el portazo · UVM y el PRI · 1993-1995
El
Frente Juvenil Revolucionario no era un club de debate. Era la cantera con la
que el PRI formaba cuadros: camisa, distrito, lealtad hacia arriba. Entrar ahí,
en 1993, era aceptar que la política se aprendía en un partido o no se
aprendía. Yo entré buscando un canal. Encontré un molde. La diferencia entre
esas dos palabras es este libro.
Colosio
no era, para mí, un cartel. Era el único hombre del aparato que me había
corregido la voz sin pedirme el alma. Por eso el 23 de marzo no fue una
noticia: fue un corte de corriente. Quien no estuvo adentro no entiende por qué
uno no «se cambia de partido» como quien se cambia de camisa. Se sale. Y se
jura no volver a pedir permiso.
En 1993 crucé el umbral de
la Universidad del Valle de México para inscribirme en Derecho. También pasé
por aulas de la Iberoamericana. Los ocho semestres se volvieron un torbellino
de oratoria jurídica y activismo estudiantil.
Fui
electo representante de los alumnos. Organicé foros e invité a figuras cuya
disidencia incomodaba a la rectoría. Intentaron cerrarnos los auditorios.
Usamos las frecuencias internas de Televalle y Radiolince. Los foros salieron
de la sala y se metieron en cada rincón de los campus.
Hay
una escena que resume esos años: un constitucionalista anciano al que me atreví
a contradecir. No por soberbia. Por la misma imposibilidad de acomodarme. La
universidad enseña códigos. También enseña que el código se usa para abrir o
para cerrar.
La
puerta no la empujé solo. Entre 1992 y 1993 hablé con Manuel Agüilera Gómez.
Tío. Medio primo por la línea que abre el segundo matrimonio de mi abuela
Concepción Cárdenas Casas con Francisco Gómez Serrano, hermano de un general de
la Revolución. No recuerdo si entonces era presidente del PRI en el Distrito
Federal o jefe del Departamento del DF. Lo que sí recuerdo es esto: por él
entré al Frente Juvenil Revolucionario. Por él me incorporé a la campaña de
Luis Donaldo Colosio desde el 36 Distrito. Él fue quien me presentó al maestro.
Cuando murió, el 9 de octubre de 2022 escribí lo que había que escribir:
solidaridad a la familia Agüilera Gómez y a mi tía Guadalupe Gómez y Cárdenas,
hermana de mi padre. QEPD.
Manuel
no solo abrió una oficina. Abrió un sótano de la sangre. Me compartió que mi
bisabuelo Hircano Ayuso y O’Horibe habían estado entre los fundadores
ideológicos del PNR, pero que la historia oficial no los nombraba por sus
antecedentes: junto con Carrillo Puerto habían formado el Partido Obrero
Socialista y el Partido Socialista del Sureste. Después les pidieron
incorporarse y ayudar con la ideología del PNR. Algo que el PRI no reconoció en
sus manuales y, en cambio, colocó como si Hircano hubiera sido gobernador
priista de Yucatán cuando, por las fechas, el PNR todavía no existía. No lo
pongo aquí para pelear una ficha de enciclopedia. Lo pongo porque un tío me lo
dijo de frente, y porque las casas también falsifican su archivo.
Camisas
planchadas. Jerarquías rígidas. Un ecosistema diseñado para producir cuadros,
no ciudadanos. Ahí, por la mano de Manuel, volví a cruzarme con Luis Donaldo
Colosio.
Ya
no era el funcionario distante de los pasillos del Williams. En un taller del
CEN, Colosio observó mi ímpetu desordenado en el estrado. Al bajar se acercó.
Tomó mis manos. Corrigió mi postura. Me enseñó a proyectar la voz desde el
diafragma. «La voz no debe gritar, Pablo. La voz debe convencer.» Lo dijo con
una calidez que derrumbaba el protocolo. Desde esa tarde lo asumí como maestro
de la tribuna. Con ese apoyo gané el tercer concurso nacional de oratoria de la
UVM en 1997.
Participé
en las mesas de la Reforma del Partido. El 23 de mayo de 1995 el Comité
Distrital XXXVI del FJR me entregó un reconocimiento. Colaboré en la campaña
presidencial de Colosio. En el PRI me decían «escuela Colosio». Hay apodos que
son cárcel y hay apodos que son brújula. Ese era brújula.
El
23 de marzo de 1994, los disparos en Lomas Taurinas no solo apagaron la vida de
Colosio. Destruyeron mi confianza en las instituciones partidistas. Vi desde
adentro cómo la maquinaria asimilaba la tragedia con cinismo. Reacomodaban
candidaturas como si nada hubiera pasado. El maestro caía y el engranaje ni
siquiera rechinó. El silbato de 1986 volvió a sonar.
Aguanté
unos meses por respeto a su memoria. En 1995 presenté la renuncia irrevocable
al FJR y al PRI. Juré no volver a pedirle permiso a una cúpula para pensar,
hablar y organizar. Mi madre no celebró. Temía. «Te van a matar, Pablo,
entiende.» Yo tenía veintidós años, una voz recién educada y un maestro bajo
tierra. El miedo de ella era amor. El mío no alcanzó para volverme a poner la
camisa.
CAPÍTULO IV
Tía Caro · el encendedor y las pláticas de los cambios
Carolina Padilla de la Paz
—Tía Caro— era media hermana de Sara Padilla Ayuso. Esposa de Víctor Trujillo.
Creadora de Brozo. En las fichas de espectáculos el personaje se come a la
mujer. En esta casa la mujer se come al personaje. Este capítulo no es nota de
farándula. Es formación.
Un
viernes, en Perisur, iba con Francisco, el amigo de Campeche, a las
hamburguesas de Fuddrockers. Se acerca un señor y pide encendedor. Yo no lo vi.
Francisco sí: «Ya viste, es Víctor Trujillo, el de La Caravana». Volteé. Le
dije: es mi tío. Aquí debe estar mi tía. Y ahí estaba Caro.
Le
conté que Víctor me había pedido el encendedor. Después entendí que lo había
hecho a propósito. Desde ese día Tía Caro me invitaba a su casa todos los fines
de semana. Hablábamos de política con Víctor. Ella era crítica del PRI. El día
que ganó Fox me llamó: «Pablito, ya viste lo de Fox». Sí, tía, yo apoyé su
campaña. Espero se mejoren los tiempos.
Me
insistía en entrar al mundo artístico. Me invitó de extra a un piloto que se
llamaba Arriba el telón. Fue de las pocas veces que vi a Víctor caracterizado
de Brozo. Se transforma. Impacta. Hay gente que actúa un personaje. Había
alguien que se volvía otro cuerpo.
Otro
día, afuera de TV Azteca —mi padre iba a hacer valoraciones de administración
de riesgos—, alguien se me acerca y dice «hermanito». El susto todavía se ríe
solo.
Ayudé
en situaciones de la prima Carito. Luego vino el derrame, en plena transmisión,
ya en Televisa. En el hospital la visitaba. Yo estaba a punto de casarme y ella
estaba en coma. Víctor decidió sacarla y llevarla a casa. Vivían por San
Jerónimo: la casa de siempre se había incendiado por una secadora de gas y se
había perdido gran parte del vestuario.
Cuando
por milagro recuperó la conciencia, fui con la invitación de la boda. Sabía que
no podría ir. Quería que supiera que iba a estar presente. Se puso contenta.
Felicitó. Conoció a Ivette. Nunca imaginé que a los pocos días tendría una
recaída y se iría. El dolor fue enorme.
Hay
cosas que no pudimos hablar. Quizá un día se hablen. El libro las cuida. Lo que
sí puedo decir es que su llamada —la de Fox, la de los retrasos, la de la mesa—
no fue un detalle: fue el ancla que me devolvió al mundo denso cuando el otro
mundo me había levantado el piso. Tía Caro es una parte importante de que este
libro exista.
PARTE
II
El
peaje
CAPÍTULO V
El diploma, Palmira y el asfalto corporativo · 1996-2004
En 1996 los vecinos de la
colonia Alpes —Calle Carpatos 37, Álvaro Obregón— me eligieron jefe de manzana
para 1996-1998. Luminarias. Seguridad de cuadra. La ciudadanía está huérfana de
representación real. La gente no necesita un discurso. Necesita que alguien
conteste cuando se funde el foco.
En
1997 terminé la UVM. Cumplí cada crédito. La ceremonia fue en el Sheraton.
Recibí el diploma. El sistema real tenía el peaje en otra ventanilla.
El
profesor titular de Clínica Procesal Penal —Guillermo; su apellido no va
todavía en estas páginas— intentó condicionar el examen final y la titulación
al pago en especie de un viaje personal. En una balanza: el esfuerzo, los años,
el documento. En la otra: no convalidar la extorsión. Elegí la dignidad. Lo
confronté. El aparato hizo desaparecer materias aprobadas del historial. Me
quedé con el diploma y sin el título. El silbato ahora era un teclado que borra
calificaciones.
Por
mi padre llegué a Nelson Hurst, corredora sudafricana de reaseguro. Después,
Seguros Tepeyac Mapfre. José Luis Llamosas, amigo de mi padre, presidía.
Empezaban las Afores. Me ofreció el jurídico de la Afore. Yo no sabía nada. Él
tampoco. «Aprendemos juntos», dijo. Entré pensando: ese maestro no me pudo
detener.
Vino
la adquisición de Mapfre sobre Tepeyac. Salió Llamosas. Entró Juan Manuel
Gironella. Me pidieron la organización corporativa y los contingentes
laborales. Descubrí un agente promotor que ganaba muchísimo. Avisé. Investigué.
Había mal manejo. Mapfre decidió no quedarse con la Afore. El descubrimiento no
se quedó en un informe. Tuve amenazas de muerte. Me escondí unos meses en
Campeche. Vino gente de Mapfre España; el director de seguridad a cuidarnos. Se
verificó todo. Me ofrecieron quedarme. Renuncié. A veces el activismo empieza
cuando uno dice la verdad dentro de una empresa y la respuesta no es
imaginaria.
Después,
direcciones jurídicas: Empacadora Murgati, Catálogo Marke, Fuller Cosmetics,
Más Café, Office Coffee Services. Poderes notariales generales. Éxito profesional.
El llamado verdadero seguía afuera.
Los
cercanos a Colosio reaparecieron. El equipo de Roberto Campa Cifrián me pidió
apoyarlo por la Jefatura del Distrito Federal contra López Obrador. En la UVM
transmitimos a todos los campus. El PRI, con números encima de la mesa, quitó a
Campa y puso a Jesús Silva Herzog. Me aparté otra vez. El patrón de 1994:
cuando el cuadro no conviene, la cúpula cambia el cuadro y llama a eso
institucionalidad. Iba a competir por una diputación federal. Obstáculos. Ya no
tenía partido. Apoyaba a Labastida de forma independiente. El tablero seguía
cerrado.
El
15 de marzo de 2004 nos casamos Ivette y yo en Cuernavaca, en la iglesia de
Palmira. El matrimonio duró diez años. Hoy somos amigos. Tía Caro estaba grave.
El duelo pidió cancelarlo todo. Comprendí que para Ivette era importante: ya
estaba todo listo. Llevé la invitación a quien no podría ir.
Ese
mismo 2004 creí ver una ventana en la alternancia de Fox. Tomé los cursos del
PAN. Aprobé estatutos. Pedí registro como adherente. En agosto sesionaron en
Álvaro Obregón sin avisarme. En persona me dijeron la razón: antecedentes
familiares del PRI y el Frente Juvenil. En el documento, una excusa técnica. Ni
siquiera pude explicarme ante la mesa. Esa tarde salí con una certeza: los
partidos son franquicias cerradas. Independiente. De verdad. Nunca más les
pediría permiso para existir.
CAPÍTULO VI
El Artículo 1º, el Artículo 8º y la primera gran batalla ·
2007-2014
El
artículo 8º constitucional es, en el papel, una frase breve: los funcionarios
deben respetar el ejercicio del derecho de petición y contestar por escrito. En
la práctica es la única herramienta que le queda a quien no tiene bancada. Un
folio no es un tuit. Es un Estado obligado a firmar que te oyó. Por eso insistí
en él. Y por eso dejé en el blog un proyecto para que esa petición valga
también cuando el papel se volvió pantalla.
Las
candidaturas independientes no nacieron de un milagro. Nacieron de un forcejeo
de años contra un monopolio que se llama a sí mismo democracia. Abrir la figura
no fue ganar el país. Fue quitarle al partido el derecho exclusivo de decidir
quién existe en una boleta. El resto —firmas, app, plazos— fue el peaje que
pusieron para que la figura existiera sin funcionar.
Hay una forma de pelear que
no sale en la televisión. Consiste en usar la Constitución como si fuera de
uno. Porque es de uno.
La
lucha por las candidaturas independientes no empieza en una boleta. Empieza en
reconocer que votar y ser votado es un derecho humano, no un privilegio de
partido. Por eso nos sumamos a la reforma de 2011 al artículo 1º: el Pacto de
San José ya obligaba al país. El derecho no era de las siglas. Era de las
personas.
En
2007 envié comentarios al senador Manlio Fabio Beltrones. Me respondió
reconociendo la contundencia. Entre junio y septiembre de 2008 inicié la
batalla con el Artículo 8º. Folio 210164980-21. SEGOB respondió con el oficio
UDP/367/2008, firmado por Alejandro Poiré Romero. El Estado se vio obligado a
reconocer, en papel membretado, lo que la calle ya sabía. En el blog dejé un
proyecto de reforma al propio 8º: que la petición ciudadana valga también por
medios digitales y cuentas oficiales. El papel de 2008 era la puerta. El
proyecto es la cerradura que el Congreso todavía no cambia.
En
2009 Calderón anunció que trabajaría una Reforma Política para incluir
independientes. No esperé invitación. Fui a los foros. Arturo Sánchez, Roberto
Gil y Fernando Gómez Mont me felicitaron. Mario Campos, en el IMER, me mencionó
por persistente. Persistente es la palabra que el sistema usa cuando no puede
decir «este no se cansa».
En
2010 presenté en Iniciativa México la «Coadyuvancia Ciudadana Mexicana». No
avanzó a las finales. Llegó carta del Consejo Técnico —Azcárraga Jean, Salinas
Pliego, Narro, Yoloxóchitl Bustamante, Rangel Sostmann—. La idea no nació en un
manual. Nació de otro lado de la vida. Ya pedía cuerpo.
Con
Vicente Fox ya había acumulado oficio en las secretarías de Estado: folios,
respuestas, el mapa de cómo un escrito obliga o se evapora. Con Felipe Calderón
llega a la Red de Atención Ciudadana Juan Manuel Llera Blanco. Le expongo lo
que hacía. Me pide continuar. Años pesados. Muchísimos folios. Experimentamos
algo que no estaba en el manual: aunque los estados son independientes, por la
vía ejecutiva empezamos a mandar peticiones a gobernadores. Contestaron. La
ciudadanía quedaba atendida sin importar a quién le hubiera hecho la petición.
Si en una dependencia trataban mal a la gente, yo avisaba y llegaban
funcionarios. Se iba demostrando que la ciudadanización era posible. Llera se
la jugó. Confió.
Un
día Juan Manuel me dijo que el presidente Calderón estaba muy contento y que
habían puesto en consideración fondear Coadyuvancia Ciudadana Mexicana —que era
gratuita— con la Consejería Jurídica de Presidencia. Me citaron a una junta.
Saliendo de Palacio, el recado era otro: ya estaba todo listo, pero unos temas
no los podía tocar. Al día siguiente le dije a Juan Manuel: dile al presidente
que gracias, pero así no.
En
febrero de 2010 pedí la tribuna del Congreso. Llera, por la Red Federal de
Servicio a la Ciudadanía, extendió un reconocimiento. El papel se acumulaba. El
monopolio seguía. El peaje, cuando se disfraza de presupuesto, también se
cobra.
En
noviembre de 2011 conocí #ReformaPolíticaYa y a Tatiana Clouthier Carrillo. «Te
voy a presentar a mi hermano.» Manuel. El 22 de marzo de 2012 lo acompañé a su
registro como candidato independiente a la Presidencia. El 2 de abril lo
presenté en la UVM San Rafael. Volver a esas aulas con un hombre que quería
competir sin partido era una corrección de la historia.
2012
fue también #YoSoy132. Cadena humana. Marcha del silencio. #YoSoy132 y
#ReformaPolíticaYa corrían en paralelo. El sistema prefiere fragmentarte. Yo
estaba en las dos porque la herida era la misma: quién habla y quién aparece en
la foto. En #NoMásPoderAlPoder íbamos al frente Gisela Pérez de Acha, Juan
Pablo Espinoza de los Monteros, Gonzalo Ibarra —Yonofui—, Alfredo Lecona, David
Domínguez Muñoz y yo.
El
blog se volvió trinchera. En @ActivismoSocial quedó #TuConstituyente. En el TL,
la historia de Manuel Agüilera. Quien quiera el detalle, que abra el archivo.
2013:
leyes secundarias. Foros con Clouthier y Noroña. Conferencia de Prensa 159 en
Diputados, con Fernando Belaunzarán. Y el día que el resguardo del Senado me
sacó cinco veces. Cinco. La misma jornada. El cuerpo aprendió el mapa de las
puertas como de niño el de los túneles. Hasta el pleno. No es un récord que uno
desee. Es un diagnóstico del país.
Del
2009 al 2014, sin parar. Todos decían que no conseguiríamos las independientes.
Se abrió la figura. No la ganó un hombre. La ganó una obstinación colectiva. Yo
estaba donde había aprendido a estar desde el Castillo: debajo de la superficie
permitida.
CAPÍTULO VII
El Zócalo de 2013, la cabeza de puerco y el hangout
El 24 de septiembre de 2013
la ciudad amaneció con el corazón roto. Ingrid y Manuel habían devastado
regiones enteras. Me fui al acopio de la plancha del Zócalo. En el blog
escribí: «Un pueblo golpeado pero siempre con un gran corazón». Toneladas de
víveres. Cadenas humanas bajo la lluvia. Cuando el Estado colapsa, el pueblo se
salva a sí mismo. Eso ya no era electoral. Era el embrión de una consciencia
colectiva.
En
2014, cuando salió la red de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, fui al PRI-DF.
Yo puse la cabeza de puerco. El gesto es feo porque el hecho era feo. El
sistema entiende mejor los símbolos cuando le llegan a la puerta.
Ese
año la discusión se fue a la #ReformaEnergética. Participé en el segundo
Hangout Presidencial. Escribí «¿Misión Imposible Ciudadana?». La galería
digital se llenó de evidencias.
PARTE
III
La
calle
CAPÍTULO VIII
Ayotzinapa, Telegram y el grito en Oslo · 2014-2015
Ayotzinapa
no es un capítulo de este libro porque yo lo merezca. Es un capítulo porque el
Estado pronunció un cansancio donde había desaparición. «Ya me cansé» no fue un
desliz: fue la gramática del peaje dicha en voz alta. Quien acompaña a las
madres no cobra. Quien convierte el dolor en plataforma sí. Esa diferencia la
aprendí ahí y no la solté.
La noche del 26 de
septiembre de 2014 abrió una grieta que ninguna narrativa oficial pudo tapar.
Cuando Murillo Karam dijo «Ya me cansé», el peaje se volvió combustible. Nació
#YaMeCansé: horizontal, eléctrico, descentralizado.
Canales
de Telegram. Protocolos de anonimato. Sabíamos que el Estado vigilaba. Me
incorporé desde el lado independiente. Sin un centavo oficial. Seis años. El
tiempo de una carrera. El tiempo de un gobierno. El tiempo de una herida que el
Estado quiso cerrar con relato.
Fui
dos veces de visita a la rural. El trabajo de fondo era en la Ciudad de México:
estrategias y vía legal. Conseguí reunión con Roberto Campa en Segob. No nos
recibió. Nos aventaron granadas lacrimógenas. De esa escuela salieron después
las medidas de seguridad de otros campamentos.
Acompañé
a las familias. El dolor de una madre no es bandera de nadie. Quien lo
convierte en plataforma le cobra peaje a la ausencia.
En
diciembre de 2014, en Oslo, Malala recibía el Nobel. El encargado de la
irrupción fue Adán Cortés. Saltó al escenario con una bandera de México:
«Please, Malala… don’t forget Mexico». Peña no pudo seguir conteniendo el
costo. Murillo Karam renunció. No buscábamos puestos. Buscábamos que la verdad
abriera paso.
CAPÍTULO IX
Prisión, el Suntory, el Constituyente y Mixcoac · 2016
2016. Seguía con Ayotzinapa.
Nunca cobré. Amenazas. La economía se volvió precaria: pasaba exámenes de
empresas y, al firmar, algo ocurría. Vendí objetos a Leonel, en el Parque de la
Bola, para subsitir.
Lo
dejo con claridad: en 2016 fui preso político. Por acompañar la búsqueda de la
verdad de Ayotzinapa. El Ministerio Público dejó de ser metáfora.
En
el Reclusorio Oriente, estancia 3-6, en ingreso, un juez me pidió pasar de
negado a confeso. Que ya no me quería ver en política. Me iban a suspender
derechos políticos y electorales. Me negué. Ese día la golpiza fue peor. Me
iban a trasladar a población. Temí por
mi vida. Cambié a confeso para salir bajo fianza y vivo. Los abogados, al
revisar, fueron claros: «Pablo, te querían matar. Da gracias a Dios. Ya deja
esas cosas. Las cosas no van a cambiar».
Jorge
Castañeda me ofreció sacarme del país y ver asilo en Estados Unidos. Lo pensé.
Me quedé. El muchacho que le dijo no a Stanford le dijo no otra vez a la puerta
de salida.
Me
escondí más de dos años en el hotel Quinta Las Delicias, Mixcoac. Nos
asaltaron. Volví a Empacadora Murgati como representante legal. Otros dos años.
La sentencia era de cinco; me quedaba uno para amparo. El juicio ordinario
arrastraba vicios desde la detención.
En
diciembre fui al Zócalo. Mancera daba cena de Navidad. Pedí una selfie. Serví a
su lado. A las doce del 25 subí la foto: para que no olviden la cara de la
persona a la que, por corrupción, le afectaron la vida.
Se
abrió el Constituyente de la Ciudad de México. Me registré. Setenta y cuatro
ciudadanos pidieron registro independiente. Noroña, que me había criticado por
luchar esa figura, coincidió en el obstáculo: exigir asociación civil para
contender rompe la candidatura ciudadana. Impugné al INE. En abril rechazaron.
Recurso de revisión: nunca respondieron. Parte de esa batalla vive en
@ActivismoSocial bajo #TuConstituyente.
Un
hombre llamado Jorge, presentado por Leonel en el Parque de la Bola, dijo
buscar ayuda por el alcohol: la esposa y el hijo lo habían sacado de casa.
Habíamos coincidido en el Williams; cantó el himno; dijo haber conocido a mi
padre en Aseguradora Hidalgo. Yo tenía comida con la madre de mi hijo. Aun así
acepté ir al Suntory de Nápoles. Lo recibieron como de la casa. Mesa de
siempre, junto al piano. Dijo que nos alcanzaría el senador Javier Lozano. Fue
al grano: deja Ayotzinapa. Los estudiantes «fueron tirados al mar»; se lo había
dicho el secretario de la Defensa. Me ofrecía meterlo al gobierno federal;
pronto lo nombrarían secretario de Educación. El alcohol, dijo, venía de las
porquerías que había visto.
Comí
sopa con pollo. Él tocó «Piano Man» y se durmió. Insistió. Rechacé: no era lo
mío. Se molestó. Al pagar, el capitán no se la cargó a cuenta. Dejé INE y
celular de garantía. Pasamos a La Mansión. Llegó su «hija» con dos amigas. Me
presentó como quien ocuparía su lugar. Rechacé bebidas; una insistió; acepté un
trago. Las cuentas de ellas, según oí, salían en cinco mil cada una. Hubo una
bofetada por no pagar. Jorge huyó. Yo me mareé. Pedí al portero que llamara a
la policía. Me identificé como el activista que Mancera ya conocía. Después,
colonia Florida: él no pudo entrar a su casa; se acostó afuera; yo no salté la
reja. Amanecí vigilando. Más tarde una ambulancia. Me acusaron de encubrimiento
por la receptación de un BMW. El nombre, el que dejé en el blog: Jorge Lara
Guerrero, egresado de la Libre de Derecho, paso por la Comisión Federal de
Telecomunicaciones, discípulo de Javier Lozano Alarcón. El peaje era uno solo:
abandona la verdad y te acomodamos. No abandoné. A los activistas les dejo el
recado que escribí entonces: cuídense de quien se acerca con mesa reservada y
un cargo en la boca.
Entre
2017 y 2018 la recolección de firmas fue titánica. Aplicación diseñada para
entorpecer. El sistema cambiaba las reglas a mitad del partido. La huella quedó
en el asfalto.
CAPÍTULO X
Tlalpan, Benito Juárez y cuarenta y cinco días en Cibeles · 2017
La prueba de fuego no fue
una urna. Fue el suelo el 19 de septiembre de 2017, a las 13:14.
Venía
de 2016 con los puños cerrados. Tras Ayotzinapa, el uniforme me representaba
opacidad. Entonces vi, en la Unidad Habitacional Tlalpan, a jóvenes soldados
metidos en ruinas, rescatando gente y mascotas. El uniforme, esa tarde, era
herramienta. Comprendí que no todo el ejército es el alto mando.
Un
oficial me cerró el paso. «¿Qué se le ofrece?» —Quiero ayudar. —Está bien, pase
usted. Tres días en Tlalpan. Luego Benito Juárez. Después Cibeles, colonia
Roma: cuarenta y cinco días como voluntario. La gente confiaba en los
independientes porque la ayuda llegaba sin logotipo.
El
final fue amargo. El gobierno de Mancera exigió el acopio. Resistimos.
Entregamos con un nudo en la garganta. Nadie se robó lo que nació ahí: el
pueblo es mucha pieza para el gobierno que tiene.
CAPÍTULO XI
Cossío, el amparo que no existe y la Mesa Directiva · 2020
La
mañanera no es un noticiero. Es un púlpito diario desde el que el Ejecutivo
marca la línea de lo que «debe» ocurrir en los otros poderes. Cuando desde esa
tribuna se dice a quién le toca presidir la Cámara, la autonomía deja de ser un
artículo y se vuelve una prueba. La prueba, esa vez, se perdió en el pleno y se
ganó después en el fast track. El juramento de 1995 no cabía en ese escritorio.
Le escribí al ministro José
Ramón Cossío. Le expuse todo. Dijo que, con la pandemia, lo podíamos ver.
Entonces Noroña me invitó a la Cámara.
Lo
pensé. Si entraba, podía parecer que por eso me cambiaban la resolución. Decidí
compurgar. Me decía que Gerardo me había dado un amparo legislativo. Eso no
existe. Lo que existió fue que me llevó a San Lázaro.
En
febrero de 2020 asumí como jefe de su Oficina. Manuel Avendaño, futuro diputado
por Guerrero, me pidió consejo. Le dije que me encantaría verlo por la vía
independiente. Se lo notifiqué a Tatiana Clouthier. El hilo de 2011 no se había
roto.
Cuando
me presentaron, Mario Delgado me vio y, si de por sí casi se le salían los
ojos, ese día más. Porfirio Muñoz Ledo me saludó, preguntó con quién estaba y
dijo: «retaguardia, retaguardia». Balfred Vargas no supo explicarlo. Después
entendí: que me cuidara.
Mónica,
la hermana de Noroña, trataba mal a quien llegaba a la oficina. Estuve a punto
de irme. Balfred habló con Gerardo. Me quedé.
Llegó
el turno de la Mesa Directiva. Le correspondía al PT. López Obrador dijo desde
la mañanera que se le entregara al PRI. El grupo del PT se desbordó conmigo;
Mónica decía que no confiara. Puse al equipo a escribirle a legisladores, sobre
todo de Morena: el juramento, no la consigna. En el pleno no le alcanzaron los
votos. Lo vencimos. Entonces llegaron Olga Sánchez Cordero y Mario Delgado.
Fast track. Nos quitaron la presidencia.
Balfred:
prepárate, vas a ser secretario técnico y luego la campaña presidencial de
Gerardo. Le dije la verdad: yo apoyaría a Tatiana Clouthier. Se enojó. No se
dio. Por la violación a la autonomía ratifiqué la renuncia en septiembre. Por
la pandemia quedó el 24 de diciembre de 2020. El juramento de 1995 pesó más que
el escritorio.
PARTE
IV
La
unión
CAPÍTULO XII
FRENA, el tendedero, Sociedad Civil y Unidos
Entre 2020 y 2021 colaboré
con FRENA. Seguridad aprendida en Ayotzinapa. Campamento del Zócalo. Al frente
de su marcha. Me separé: agenda poco clara, controversias, el nombre de Lozano
más grande que la causa. Uno llega cuando la gente se junta. Uno se va cuando
el movimiento se vuelve plataforma de alguien.
Después
me pidieron apoyar a los periodistas en #NoSeMataLaVerdad. Puse el tendedero en
Segob. Los medios me sacaron por Ochoa: llevaba sus fotos. Ese día los
periodistas agradecieron. No era un partido. Era una causa que se podía tocar.
Llegué
a Sociedad Civil México. Spaces sin conbrar nada. Con #TodosSomosLoret el
espacio tomó fuerza. Salió Mac. Me hice coadmin. No encontrábamos causa hasta
#YoDefiendoElINE. Ahí nace el capital político y Unidos. En esa marcha iba al
frente con los jóvenes de Sociedad Civil.
Tres
Spaces invitando a Marko Cortés, Alito y Jesús Zambrano. En el de Alito
—Origen, Paola Garante, doctor Crespo— dije que me habían convencido: reto
personal por Ayotzinapa; ante la falsedad de López Obrador, me unía a Unidos.
No era conversión al PRI. Era sentarse con quien antes no se habría sentado
porque el país ya no daba para la pureza cómoda.
Con
Alejandra Moran colaboré en marchas. Invertí tiempo y recursos. Recibí a
Xóchitl en Spaces. Vi cómo lo orgánico de la Marea podía ser capturado. En
privado, PRI y PAN usaban las marchas como moneda: plurinominales, cuotas.
Denuncié y me aparté. No iba a ser comparsa de un teatro.
CAPÍTULO XIII
La caravana de Acapulco · Otis · noviembre de 2023
Me invitaron al primer
congreso ciudadano de aquella unión. Mal hecho: no dejaban hablar a ciudadanos
ni a varias SCs, solo a las que ya conocían los organizadores.
Saliendo
me marcó un amigo: si les hacía el pliego petitorio de los damnificados de
Guerrero para Palacio, con la Caravana por Acapulco. Dije que sí. Me pusieron
con el líder.
El
6 de noviembre de 2023 la caravana llegó. La SSC cerró Juárez, a la altura de
Bellas Artes. Dejaron los vehículos. Entraron a pie. Yo me uní al frente.
Llegamos al Zócalo. La prensa cubrió. AMLO la llamó oportunista. Mi nombre no
era el titular.
Al
día siguiente no nos recibían. Fuimos por atrás, a la puerta de atención
ciudadana. El resguardo se puso violento. Lastimaron a un damnificado. Yo lo
saqué. En mi TL, ese mismo 7 de noviembre: nos hicieron rodear Palacio, nos
agredieron, ayudé a un señor de la tercera edad al que al parecer le rompieron
el pie.
Leímos
el pliego afuera. Me pidieron llevarlos al Senado. Los acompañé. Cuando los del
Senado me vieron, a mí no me dejaron entrar. El hecho es público. El que carga
el papel, no siempre.
CAPÍTULO XIV
El Poder Judicial · 2024
En 2016 me enfrenté al Poder
Judicial de la Ciudad de México. En septiembre de 2024 esto era federal. Aun
así me sumé.
El
10 de septiembre los trabajadores irrumpieron en el Senado durante el debate de
la reforma. Forzaron la puerta. Receso. Después la aprobaron en otra sede.
Plantones, paro, marchas del Ángel al Senado. Estuve en todas. Iba al frente.
El TL es el expediente. La coherencia no es repetir el enemigo. Es reconocer
cuándo un poder, aunque te haya lastimado en otra escala, está siendo doblado.
CAPÍTULO XV
Cuarenta y tres, Xóchitl, Lozano, Alessandra y la Generación Z
En 2024 me registré como uno
de treinta y tres aspirantes independientes a la Presidencia. Batalla
asimétrica. Casi un millón de firmas en una plataforma disfuncional. El sistema
cerró la ventanilla. No aparecimos en la boleta. Apareció el entramado.
Cuando
no me dejaron continuar, no me inventé un partido. Había sido de los que
invitaron a Xóchitl Gálvez al principio. Para mí no milita en el PAN: era
independiente, otra vía. Por eso la seguí apoyando. Está en el Blogger y en el
TL.
El
30 de abril de 2024 debatí con Gilberto Lozano, una hora catorce, en YouTube.
El motivo es Xóchitl. Quien quiera el tono, que ponga el video.
Los
del sombrero me pidieron la primera marcha de Generación Z. Fui al frente con
Michoacán. Después del Zócalo me fui. Convocaron el 20 de noviembre. En Spaces
dije que era una locura. Siguieron. Cuando vi que irían jóvenes, fui: para que
no los lastimaran. El 14 de diciembre volví. El oficialismo otra vez habló. Se
acababa el año.
El
chisme: que Alessandra Rojo me pagaba, que era líder del bloque negro, que
trabajaba con ella en la Cuauhtémoc. La amistad nació en X. Ella convocó
#Resistencia. Yo apoyé convocatoria y logística, independiente. Su alcaldía,
para mí, es un triunfo independiente: no milita hoy en ningún partido. Cuando
no la dejaban, Sociedad Civil la apoyó. Quedó un Space de @macciudadano.
Portales
afines al poder mutilaron la trayectoria para fabricar un villano. No les
importó el título robado ni Cibeles. Urgía un operador. Cuando el sistema gasta
tinta en distorsionarte, no te insulta: te teme. El peaje de la verdad es la
calumnia. Otra vez no pagué con silencio.
CAPÍTULO XVI
NoHumano, Chapultepec, Buga, la Luna y Nazca
Jaime Maussan comenzaba con
NoHumano. Dos Spaces. Me invitaron. Hablamos de ovnis. Conté parte de mis
experiencias, no el detalle. Con Yohana y El Tlaxcalteco era el mismo idioma.
Los apoyé en X.
History
me llevó al History Fest en Chapultepec. Luego la esfera de Buga: en el
Auditorio Nacional se apagó todo de pronto. Me invitaron a enviar mi nombre a
la Luna con NASA y Artemis. Apoyé la difusión de las momias de Nazca.
Fue
entonces cuando el libro encontró su nombre. Independientemente de que el
mensaje me lo hayan dado extraterrestres o de que mi cabeza pertenezca a otro
mundo por cómo pienso y por las luchas, al final es lo mismo: unir dos mundos.
Lo vital es la consciencia.
CAPÍTULO XVII
Las luces sobre el parabrisas y el origen de la Coadyuvancia
Toda esta cronología tiene
un hilo que la ciencia política no procesa. Empezó a los diez años, en Los
Arenales. Luces que no eran estrellas. «¡Vengan! ¡Llévennos!» El Castillo
miraba también hacia otro firmamento.
Siendo
ya un hombre maduro, iba en automóvil a la comida de las dos en casa de mi
abuela y de mis tías —Lupita, Piacho—. El sol caía a plomo. Iba solo. Una
descarga de luz, con forma de rayo sólido, atravesó el parabrisas e inundó la
cabina.
Lo
siguiente que registro es «regresar». Estaba en una esquina desconocida,
inmóvil. El teléfono: Tía Caro, alarmada por un retraso de horas. El tiempo se
había evaporado. ¿Qué le iba a decir? No hay palabras en el código civil para
eso.
A
partir de entonces los sueños dejaron de ser caos. Se volvieron dictados.
Estructuras. Geometrías que no salían de ningún manual. De esa cantera nació la
Coadyuvancia Ciudadana Mexicana y, después, los Gobiernos de Consciencia. Por
eso Iniciativa México 2010 no era un eslogan. Era un cuerpo buscando
institución.
Cada
vez que el mundo denso me cerraba una puerta —1986, Stanford, 1995, el título,
Campeche, el PAN, el Oriente, el INE, la Marea—, el otro mundo no me pagaba con
cargo ni con dinero. Me inoculaba ideas para la colectividad. El sistema
material me expulsaba para que el mundo de la luz me dictara el trabajo.
No
pretendo que el lector crea lo mismo que vi. Pretendo que note la coincidencia.
Y que oiga el recado aunque se olvide mi nombre. Despertar. Evolucionar
correctamente. Juntos.
CONCLUSIÓN
El mensaje de la Unión de Dos Mundos
Una vida humana no es un
expediente de éxitos o fracasos medidos por el Estado. Una vida es un recado en
tránsito.
La
Unión de Dos Mundos no es metáfora de portada. Es lo que ocurre cuando chocan
el mundo denso que te asignan y el mundo de luz que eliges cuando decides no
pagar el peaje del miedo, el chantaje y el silencio.
El
primer mundo: ventanillas del INE, aula que extorsiona, partidos que sesionan
sin avisarte, silbato que no se detiene, juez que pide confeso, mañanera que
reparte lo que no le toca. El segundo: Los Arenales, el rayo en el parabrisas,
la cadena humana, la madre de Ayotzinapa, Tía Caro al teléfono, el hijo que lee
y entiende que se puede vivir erguido.
La
transformación no se logra sustituyendo un color por otro cada seis años. El
salto es transitar de la supervivencia individual a la Consciencia Colectiva.
Despertar no es odiar al adversario que el sistema te pone enfrente. Es sacar
la consciencia del reducto privado y volverla fuerza en las calles, en las
leyes y en las mentes.
CONSTANCIA
Este libro no se escribe
para convencer al que ya juró que nadie luchó. Se escribe para que ese
juramento tropiece con papel.
Si
un día alguien dice que no había quien plantara cara al sistema —quien dijera
no a Stanford y no al asilo, no al juez, no a la mañanera, no al chisme que
convierte un tendedero en nómina—, aquí queda la constancia de que sí lo hubo.
No un héroe de bronce. Un ciudadano con hermana en Estados Unidos e hijo en
México, con tía que hablaba de cambios, con moretones de estancia y con
invitación de boda en la mano.
La
prueba no es este párrafo. Es el archivo: X, Blogger, TikTok, Instagram,
Flickr, Tumblr, YouTube, la web. El 7 de noviembre de 2023 escrito el mismo
día. El debate con Lozano. La caravana en la prensa y el tuit en una cuenta. Lo
público y lo primero persona, sin pedir permiso al titular.
Puede
que este mensaje no le llegue a nadie. Puede que le llegue a uno solo, dentro
de diez años. Basta. Una consciencia no se mide por el rating. Se mide por si
alguien puede señalar un enlace y decir: aquí hubo pelea.
Unir
dos mundos no es reconciliar al poder consigo mismo. Es no dejar que la calle y
lo invisible se divorcien hasta volverse mutuamente increíbles. La consciencia
es el oficio de mantenerlos en la misma frase.
Que
este libro sea libre. Que lo desmientan, si pueden, con documentos, no con
adjetivos. Y que, si nadie lo lee, igual haya quedado escrito: sí hubo quien
luchó. Y dejó pruebas.
Despertemos.
Evolucionemos correctamente. Construyamos, juntos y en consciencia colectiva,
el nuevo mundo que ya nos pertenece.
Una
vida es un mensaje.
El
mensaje es este.
Ciudad
de México, 2026.
Pablo Eduardo Ortiz Padilla
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